Want to make creations as awesome as this one?

Transcript

Las copas

Escuchar

https://drive.google.com/file/d/11c240W22flwa3yV1rvVPBktvV5bPccKP/view?usp=sharing

Clic aquí

Clic aquí

O

Aquello escribió la mujer en la desierta página de Word, que se alzaba ante ella con el brío del enemigo, amenazante y retador. Tomó un sorbo del cáliz de vidrio agrietado de un lado, medio sucio del otro, y luego empinó aún más la copa. Recién después se resolvió a probar el título en su lengua.

—¿Ya estamos para el próximo, Tapita?—chilló el cantinero antes de que pudiera ser fiel a sus intenciones, y en respuesta, ella solo maldijo por lo bajo. Allí iba toda intención de hacer ojos ciegos a la mugrosa cueva de ratas en que se hallaba. Porque no existía otro vocablo para caracterizar al lugar. Los olores mixtos, no

necesariamente agradables, se combinaban con el calor humano acumulado en el minúsculo recinto. Aun así, resultaba sencillo pasar por alto la repugnante explosión sensorial, e incluso las sospechosas manchas en los manteles y las maderas roídas del mobiliario, con solo echar un vistazo a la clientela del establecimiento. Pero aunque le disgustaran aquellos seres sudorosos y desesperados cuya presencia tenía que padecer todas las noches, estaba quebrada. Y era barato, además de fácil rodeada por tantas caritas miserables, dejarse seducir por la copa en aquella pocilga. Después de todo, ella no era sino una solitaria rata más.


Con una seña indicó al cantinero que sí, ya estaba para otro, y regresó la vista a la pantalla. —La dichosa fortuna de vivir—pronunció con la solemnidad de quien pronunciaría La metamorfosis. Si hubiese sido más dada a exhibir esa clase de súbitas expresiones emocionales, se le habría escapado una pequeña carcajada, amarga. Sonaba a título de librillo de autoayuda. El que sí que reiría, de estar vivo, sería su padre. Y ella le habría dado toda la razón en sus burlas al hombre, mismo que años atrás le había implorado que dejara de perder el tiempo en aficiones de vagos como la escritura, y estudiara para ser alguien en la


vida. Y en su defensa, eso mismo había hecho. Había estudiado, y siguiendo ciegamente todas esas voces que le gritaban que fuese productiva, proactiva, emprendedora, había fundado su propia empresa. Había llegado a “ser alguien”. Al menos bajo los estándares de su padre, porque el cúmulo de tiempo anodino que había sido su existencia hasta el momento, seguro que no era, ni se sentía, como ser alguien en la vida. No cuando había llegado al terrorífico punto en que su empresa tenía más alma que ella misma, pues en el proceso de dar vida a su negocio, había drenado la suya. Bajo la ilusión de ser útil, libre, capaz de disponer


de su tiempo y cuerpo como quisiese, acabó por ser también prisionera. Y no de una cárcel con muros opresivos, sino de un sitio mucho más tiránico que aquel. Acabó prisionera de su mente, que solo quería, solo podía seguir el camino trazado cual caballo con anteojeras. Y quedó luego aprisionada en su cuerpo, cansado cuando no pudo ya hacer honor a las demandas de productividad infinita que depositaba sobre él la sociedad. Al final, todo lo que obtuvo de seguir el discurso de “ser alguien en la vida”, fue enfermar y así, dejar de ser.

—La dichosa fortuna de vivir—releyó. ¿Cómo

escribir sobre eso, cuando no se consideraba afortunada, tampoco viva para el caso, y no tenía noción de lo que un concepto como dicha significaba? Al parecer tendría que descubrirlo, porque eso era lo que vendía según le habían dicho. Lo que vendía era la felicidad, escribir sobre personas perfectamente contentas con su existencia, optimistas, ¡y activas! ¿Cómo escribir sobre unicornios danzarines, cuando más de la mitad de su existencia la había transcurrido sumida en una depresión insondable?

No recordaba mucho de aquellas épocas, cuando la enfermedad había iniciado. Pero

recordaba las voces intranquilas de sus hijos reclamando su atención, voces siempre ahogadas, neutralizadas por el televisor. Se recordaba en bata, ojerosa. Recordaba a su marido, marchándose un día de la nada porque ya no aguantaba más, y ella no quería curarse. Y las pastillas. Siempre las pastillas. Pastillas que sabía no la curarían porque el suyo, como tanto tiempo atrás había determinado, no era un problema individual. Era la sociedad la que había enfermado y por tanto, lo máximo a lo que podía aspirar era a ser guiada y “reparada” constantemente mediante terapeutas y fármacos. Que en verdad no

habían ayudado en nada, si recién ahora, que lo había dejado todo, comenzaba a retomar las riendas su vida. Si sus tres hijos la odiaban y evitaban como a la plaga. ¿Qué no veían las personas las líneas de expresión en su rostro, antes de hacer sus sugerencias? ¡Como si alguien que bien podría pasar por la Parca en apariencia pudiese escribir sobre duendes al final del arcoíris y del bien ganándole al mal! ¿Qué eran bien y mal de todos modos? Parámetros, no más. Necesarios, claro, pero el universo no conocía de bien y mal. Tampoco de propósitos cósmicos, o de un porqué mayor. Todo lo que había era azar. Y en ese

mar de contingencia, una raza cruel, que vivía bajo las reglas de un sistema tal que se aseguraba la extrema miseria de tres cuartas partes de la especie.

Con una sonrisa de costado, borró lo antes escrito. Vació de un solo trago su nueva copa, y decidió que se justificaría en el hecho de que su miseria no era anomalía, era más bien norma, y una compartida por millares de seres sobre la faz de la Tierra. Se dispuso a escribir.

Final

Volver

Aquello escribió la mujer en la desierta página de Word, que se alzaba ante ella con el brío del enemigo, amenazante y retador. Tomó un modesto sorbo de la copa a rebosar de carmín, y releyó su título recién escrito. Algo en él la forzó a arrugar el ceño. Quizás de releerlo un par de veces, descubriría qué sonaba tan agrio a su oído.

—¿Ya estamos para el próximo, Tapita?—Pulverizó sus intenciones el cantinero, y en respuesta, ella solo maldijo por lo bajo. Ese condenado apodo, que últimamente le hacía rechinar los dientes. Era cierto, lo había llevado con ella durante al menos treinta años, y sin sufrir afrenta alguna por ello. Y sí, era cierto,

el sobrenombre retrataba su identidad mucho mejor de lo que cualquier nombre propio alguna vez podría. Bien o mal, desde sus tiernos veinte añitos había estado anexada a una botella, y si no, era entonces porque podía encontrársela desplomada en alguna callejuela, justo como a una mugrosa tapita. Pero ya no quería ser definida por medio de tan lamentable analogía. Claro, tal vez un primer paso en esa dirección sería dejar de frecuentar aquel deplorable lugar pero, los viejos hábitos se arraigaban, y ese día ni siquiera había titubeado antes de conducirse al bar, incluso si desde hacía meses ya que apenas bebía.

Con una sacudida de cabeza indicó al cantinero que no, no habría un segundo trago para ella aquella noche, y regresó la vista a la pantalla.

—La dichosa fortuna de vivir—leyó, y supo que en otra época de su vida se habría regocijado amargamente con la ironía de que aquella fuese la temática a tratar. Cierto era, jamás había experimentado dicha. Se había arruinado la vida y había cometido equivocaciones imperdonables que le habían costado un divorcio y el amor de sus hijos. Pero por vez primera, con la escritura y publicación de aquel libro, conocería la felicidad. Ese libro que era el gran debe de su vida, sería también su chance de ser feliz. Ya no más

adicciones. En su lugar, se dedicaría a su libro en cuerpo y alma y... su ceño se frunció. Había leído alguna vez que existía algo así como adictos que más que adictos, eran sujetos con personalidades tendientes a la adicción en general. Una vez curados de una, solo saltaban a otra. Un nuevo propósito, un nuevo objeto plausible de generar adicción. ¿No repetiría acaso la historia mediante la elaboración de ese libro?, ¿no estaría volviendo a caer en la hiperproducción que la había llevado a la miseria en primer lugar?

Tal vez sí, tal vez no, pero si algo sabía, era que de seguro que tenía cosas más urgentes en las

que enfocar su atención indivisa primero. Cosas no, relaciones, reconsideró echando una fugaz mirada a su celular sobre la mesa. No hablaba de su marido, pues aquel había sido un amor valorado como bien de consumo desde el inicio, y cuando había caído, él simplemente había considerado que ella como mercancía era una inversión que ya no valía el riesgo.

No sería más que pensamiento mágico el creer que publicaría el libro y de pronto sería feliz. Debía dejar de pensar en la dicha como algo que existía y se hallaba allí afuera en el mundo, esperando en una silla a que ella al fin la encontrara. O que era algo reservado para unos

pocos afortunados con la ventura de nacer dichosos. Y entonces entendió lo que estaba mal con su título.
A pesar de existir en un mundo de crueldad, en una sociedad que promovía la autoexplotación de sus integrantes, en un mar de sinsentidos y contingencia, la felicidad era posible. Pero no como algo previo al sujeto, o intrínseco a él, sino como algo presumible de ser construido. Si el universo y la vida no tenían un sentido per se, entonces era el hombre quien debía decidir qué sentido darle, qué sentido darse a sí mismo. Ser dichoso o miserable, solo dependía de lo que uno construyera en ese soplo de vida

que le era concedido. Y no individualmente, a través de la escritura solitaria de un libro en un bar de mala muerte, sino en colectivo. Celebrando los lazos sociales y la verdadera dicha, que solo podía nacer de ellos. Sí, la felicidad se podía construir y con suerte, en algunos casos, incluso reconstruir.

Borrando lo escrito, decidió que una vez tecleado su nuevo título apagaría la maquina e iría a casa. No sin antes realizar un par de llamadas, se corrigió observando su celular por el rabillo del ojo. Había algunos vínculos que debía reparar. Escribió.

Volver

Final

Siempre existen al menos dos formas de percibir la copa, de contemplar el mundo, de experimentar la vida. Al final del día, la elección solo depende de uno.

Fin!