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CINCO EMPRENDEDORAS QUE TRIUNFAN CON PRODUCTO DE PROXIMIDAD EN EL MUNDO RURAL

Estas mujeres han logrado reinventar los sectores más tradicionales de su tierra y dar un aire renovado a sus negocios, en los que la digitalización es fundamental. Desde sus pueblos y negándose a abandonarlos, son un baluarte contra la despoblación.

BODEGA BRIANA

CESTERÍAIDOIA CUESTA

CERÁMICAMI MADRE NO ME DEJA

COSMÉTICOSQUERIDA REMEDIOS

CESTERÍA DE INVESTIGACIÓN

Cuando hace 25 años Idoia Cuesta llegó a Lugo desde San Sebastián, su intención era dedicarse de lleno a su tesis doctoral en veterinaria. Al poco tiempo, se enamoró de las Terras do Miño, compró una casa en Cela (Outeiro de Rei, Lugo) y decidió aparcar sus estudios universitarios por un objetivo diferente: montar un taller de cestería tradicional. Desde entonces, combinó sus conocimientos en biología con los del oficio de cestera artesana para cultivar sus propias fibras vegetales con las que elabora artículos de diseño.

Las horas de investigación y de trabajo dieron sus frutos y su negocio comenzó a llamar la atención de las grandes marcas, aterrizando en los escaparates de cadenas como Zara Home o Loewe (con la que ya lleva ocho años trabajando). Sus tejidos se venden, cada vez más, en el extranjero y su nombre, desde su pequeño pueblo lucense, se ha abierto un hueco reconocido en el mundo del diseño. "Ahora trabajo con cualquier material, me da lo mismo: cuero, láminas de castaño, material reciclado...", dice Cuesta.

Cuerda de esparto, de yute, de cáñamo, láminas de castaño y su favorita, la lana filtrada, son algunos de los materiales con los que, además de elaborar cestas, ya está desarrollando otros productos y técnicas para llevarlos a otros campos, como la arquitectura y el interiorismo. "La cestería no solo se limita a hacer cestos, se puede aplicar a un montón de disciplinas", explica. Mucha de la materia prima que utiliza la cultiva junto a su taller, en seis bancales de dos metros cuadrados. "Cultivo varias especies del género salix (sauces) de diferentes colores y con propiedades diversas en cuanto a flexibilidad, tamaño...", precisa.

AMAR EL CAMPO POR ENCIMA DE TODAS LAS COSAS

En Adega de Cabanas (Portomarín, Lugo), Sandra Rodríguez vive sola con su familia y su proyecto de vida: una granja agropecuaria a la que recientemente ha añadido una pequeña bodega: Briana. "Mis padres tenían una explotación ganadera de leche y también había tradición de hacer vino en casa. Hace unos cuatro años restructuré todo y, como estamos en la Ribeira Sacra, monté también una bodega", explica. En sus 25 hectáreas de superficie cultiva vid, pero también frutales, tiene una huerta y praderas donde pastan sus 12 vacas de raza black angus y sus pollos de corral.

Rodríguez abrió hace cuatro años un pequeño restaurante rústico bautizado como su pueblo, Adega de Cabanas, donde ofrece todo lo que obtiene de sus tierras: huevos, carne, verduras, vino, sidra... "Nosotros lo producimos todo y se lo damos al consumidor ya emplatado y preparado. Pueden ver la viña, la finca, la bodega. Siempre estamos haciendo cosas nuevas. ¡Soy emprendedora!", dice. En su corta vida, el negocio ya ha generado algunos algunos empleos en los pueblos semivacíos de los alrededores, dos fijos en el restaurante y varios temporales durante la vendimia.

El nombre de su empresa comienza a sonar por la provincia gracias al boca a boca y a su presencia en Internet: tienen una web y son activos en las redes sociales. Aunque confiesa que el mayor reto es la potencia de la red, que no llega como en otras zonas más pobladas, lo que le impide dar un paso más para comercializar sus productos a través del canal digital. De cualquier forma, subraya: "Soy feliz porque hago lo que quiero y amo mi pueblo".

REINVENTAR LA IMAGINERÍA DELOS EXVOTOS

Mientras Alejandra Iglesias y Rebeca López estudiaban serigrafía en Lugo, comprobaron cómo sus pequeñas obras artísticas podían formar parte de los objetos cotidianos: como los platos, vasos, jarrones... Así crearon Mi Madre no me Deja, un taller de cerámica y serigrafía que, en poco tiempo, ha llamado la atención de empresas como Pazo de Vilane, una empresa familiar de huevos de corral. Para ella han diseñado tarros para sus mermeladas y una vajilla personalizada para repostería. "Ahora nos llegan muchos pedidos a través de internet. Las ventas en línea se han incrementado un 14% respecto al año anterior", dice López.

Las vajillas personalizadas, tanto las que simplemente ilustran como las que fabrican y decoran a mano, representan el 80% de sus ventas. Algunas de sus piezas están en restaurantes con estrellas Michelin como Bido, en A Coruña. El resto de los compradores se decantan por objetos decorativos o complementos de moda (bolsas, mochilas, neceseres y fulares), muchos de ellos elaborados con tintas ecológicas que, según afirman, tienen mejor acogida. La producción anual roza las 1.500 unidades. "Es un trabajo lento y que requiere mucho tiempo, pero los clientes saben valorarlo", dice Iglesias.

Su sello de identidad son las caritas de dos niños, unas figuras que su abuelo solía hacer cuando era artesano de exvotos. "Él nos enseñó a hacer moldes y combinamos nuestros diseños, más contemporáneos, con ese espíritu tradicional", explica López, desde su taller en el casco histórico de Lugo. Emprender, cuentan, no ha sido fácil en una ciudad de provincias, pero creen que este tipo de proyectos son esenciales para devolver la vida a los barrios. "Somos pocos [comercios] los que estamos resistiendo, pero yo creo que servimos de ejemplo. Primero hay que intentarlo aquí", subraya Iglesias.

'COSMOCÉUTICOS' DESDE EL PUEBLO

A sus 47 años, Paula Rodríguez sigue recordando cómo en la casa de sus abuelos, en Monforte de Lemos, cada planta campestre tenía un uso curativo. "Si te dolía una cosa, usabas una, y si te dolía otra, pues otra. Galicia es una tierra mágica y hay mucha cultura en el uso medicinal de las plantas", comenta. Su interés por esa tradición le llevó a estudiar aromaterapia, fitoterapia, fitocosmética y aceites esenciales. "Comencé a elaborar mis propios ungüentos y cuál fue mi sorpresa que mis conocidos que los habían probado querían más. Fue entonces cuando abrí, en Outeiro de Rei, mi propio taller", explica. Querida Remedios, su empresa, nació en 2019, ya ha producido mil unidades y, de momento, las ventas no han dejado de crecer.

La fama le llegó cuando los primeros clientes, amigos de amigos, llamaban a su puerta para decirle que su crema le había curado "milagrosamente" unas quemaduras en la piel. "Tienen una gran aceptación. Aunque son cosméticos, yo los llamo cosmocéuticos: cremas que van más allá del ámbito estético", relata. En la mesa de su taller, Rodríguez experimenta posibles fórmulas para nuevas cremas, que luego prueba ella misma. Para garantizar la calidad y certificar que sus productos son seguros, un laboratorio especializado elabora los cosméticos con sus indicaciones. "Están avalados como productos seguros, según indica la normativa, y tienen un certificado ecológico de nivel 1. Todo el proceso es sostenible", afirma.

Aunque el mayor volumen de sus ventas se realiza a través de algunas tiendas físicas de la zona, el mercado por internet tampoco ha dejado de crecer. "Conecté con Correos Market, la plataforma de productores de Correos, y me ayudaron a montar un negocio en línea. Eso está siendo decisivo para que me conozcan fuera", matiza Rodríguez. El éxito de su primer producto está funcionando tan bien que, dice, ya se encuentra preparando la salida de otra línea de cosméticos. "Estamos muy contentos", cuenta.