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PRIMER PREMIO de la primera categoria

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Primer premio de la primera categoría:

Almas

de Clara Picó

Concurso Literario 2020

Colegio Base

No sé cómo me llamo, ni quién soy. Sé que existo, al igual que existen otros muchos. Y sé que todos estamos destinados a la misma vida, condicionada por las decisiones de aquellos que vinieron antes que nosotros. A veces, cuando estoy contemplando el cielo, paro un breve instante y cavilo sobre mis ancestros. Aquellos que vivían en un mundo de realidad palpable, donde las cosas existían en un plano material. No apreciaban lo que tenían, pienso. O quizás sí, pero de una manera diferente a como lo hago yo.

Vivimos en una tierra árida y solitaria, casi pareciera que no existe. Somos los habitantes de esos terrenos a los que una vez se les llamó “futuro”. Pero es todo lo contrario a lo que imaginaban. No somos fiestas y tecnología combinadas con felicidad y paz. No somos planeta limpio ni tampoco igualdad. Y lo más importante: no somos personas. De hecho, no somos nada en absoluto. Somos reales como lo es una brisa de verano o una ráfaga helada del mes de marzo. Estamos ahí, se nos siente, pero no se nos ve, no se nos toca, y tan rápido como aparecemos, nos vamos.

Hablo de “nosotros”, pero no conozco del todo nuestra identidad. Mi raza es una creación del ser humano. Somos el intento fallido de un ideal. El hecho de que no “existamos” es así porque los homo sapiens no querían ser juzgados por su apariencia. Por eso nos dejaron tal y como estamos, sin cuerpo, y haciéndonos valer simplemente de nuestra capacidad de pensar. Nosotros somos almas.

Miles de años atrás, en la tierra habitaban los humanos, esos seres con un par de piernas, uno de brazos, uno de ojos y otro de pies. Ellos sabían razonar, pero no siempre tomaban las decisiones adecuadas. Había guerras y desigualdades y no era un mundo tan justo como ellos hubieran querido. Su esperanza era el futuro. “¡En el futuro, seremos gente libre y justa!”, decían. Lo más hermoso de todo aquello es que realmente lo creían. Pero no todos tenían en cuenta que, si no cambias, no progresas.

Un grupo de radicales cayó en la cuenta de este pequeño detalle, y decidieron actuar al respecto, aunque no de la mejor manera. Implantaron una dictadura, la más poderosa y peligrosa hasta el momento. Su objetivo era cambiar el mundo, literalmente. Más que “cambiar” el mundo, querían cambiar a la gente, sustituirla por entes parecidos, pero no iguales. Sustituir a los humanos por nosotros.


Ojalá alguien les hubiese parado antes de que fuera demasiado tarde, quizá así se hubiesen dado cuenta de que estaban condenando a millones de generaciones futuras a vivir en la desgracia de aquel que no es nada.

Pagaron cantidades ingentes de dinero a numerosos científicos para que ellos lograran encontrar la forma de poder dejar de existir físicamente. Varios fueron cruelmente asesinados, pues no encontraban soluciones lo suficientemente rápidas y eficientes. El asunto se les fue de las manos y empezaron a obligar a todo el mundo que supiera de ciencias a trabajar en el experimento.


Los dictadores no se daban cuenta de que su método no funcionaba. “La solución está cerca”, decían. “Preocuparse y oponerse no ayudará, pues nuestra idea mejorará la calidad de vida de todos.” En parte no se equivocaban pues la “solución” no tardaría mucho en llegar.





Hubo revoluciones, por supuesto. De todas maneras ¿quién estaría dispuesto a participar en su propia destrucción?. Las sofocaron convirtiendo el mundo en un campo de concentración universal. Los científicos iban hacia un lado, la gente capaz de proporcionar alimentos a otro. A los niños que parecía que crecerían fornidos se les cuidaban y a los debiluchos se les obligaba a trabajar hasta hartar. A nadie le gustaba ese sistema tan injusto.

Tras dos días, la tierra entera se encontraba cubierta por una enorme condensación del producto. Dos semanas más tarde del descubrimiento, empezó a llover. Y llovió, y llovió. Todo ser vivo en la faz de la tierra fue tocada por lo que caía de la nube. Miles de bichejos no sobrevivieron, pues era un proceso de metamorfosis repentino, el cual sus cuerpos no podían aguantar. Los humanos también lo pasaron mal, pero la que más sufrió fue la madre tierra.




Y finalmente, apareció. Una mujer cualquiera, obligada a trabajar de científica, encontró lo que tanto tiempo había estado buscando la dictadura, un brebaje capaz de convertir a cualquier ser vivo en un alma. Ella intentó ocultar su descubrimiento al gobierno, pues no apoyaba la causa, pero de poco sirvió, porque en menos de una semana, un guardia de seguridad lo encontró mientras revisaba los laboratorios. Servirlo como bebida a la gente les resultaría demasiado complicado, así que pensaron a lo grande.

Decidieron hacer una nube artificial, pero en vez de estar formada por agua, estaría hecha de éste compuesto.

FIN





Los causantes de esto se dieron cuenta de lo terrorífica que había sido su idea, y quisieron deshacer sus acciones, pero ya era demasiado tarde. No había nada que se pudiese tocar para arreglar el problema, y si lo hubiese habido, ellos no tendrían nada con lo que tocarlo.

A veces, cuando estoy contemplando el cielo, paro un breve instante y cavilo sobre mis ancestros. Imagino que no soy lo que soy y que ellos no cambiaron a lo que cambiaron. Pero eso son fantasías, tan irreales e incorpóreas como lo soy yo..


Y así acabamos como estamos ahora


Al igual que las personas, la naturaleza empezó a desaparecer. Árboles, plantas, ríos, mares, montañas. Todo se desvaneció en un abrir y cerrar de ojos.

FIN